lunes, 13 de agosto de 2007

Coche

Uno se cree una persona espiritual, interesado en las profundidades de la existencia, en lo más eterno de las relaciones humanas, un ser que reflexiona sobre la condición del ser humano, la sociedad, el universo… Un tío al que las habituales preocupaciones materiales del vulgo le traen sin cuidado, que no pierde un minuto en saber qué marca de zapatillas en su favorita, o cuál es el último devaneo de la famosa de turno, qué no sabe qué día ponen Gran Hermano, que detesta los obscenos mensajes de la publicidad, que se horroriza de ver el decadente espectáculo de la chusma pegándose en las rebajas o haciendo cola en el Ikea recién abierto.

Y de pronto vas y te compras un coche nuevo y se te caen los palos del sombrajo. Uno, que el único coche que había conducido era un cascajo heredado del hermano mayor, de repente se encuentra deseando encontrar una excusa para conducir, para oler los asientos apenas desgastados, conectar la radio y el aire acondicionado, y escuchar con placer de esteta el suave encendido del motor. Disfruta uno acelerando suavemente para remontar sin problemas la cuesta más exigente, y miras con algo de cachondeillo a las tortuguillas que dejas a tu derecha.

Y hay más, y aún más inconfesable. Encuentras el sentido a la mayoría de los absurdos y deplorables anuncios de coches, que aluden al placer de conducir, a la sensación de independencia, a ser el Rey del castillo, y ¡qué Dios me perdone!, a un sentimiento de poder que no puedo dejar de sentir como erótico.

Quizás por involuntaria resistencia o por mi dejadez habitual, no se me ha contagiado la hiperprotección del coche, y lo llevo guarrete, y tengo arañazos que no me han causado ningún trauma. Pero mi amigo Ford y yo ya somos inseparables, y lo miro con un gusto de galán enamorado, que no sé como A. no se me ha mosqueado todavía.

1 comentario:

Brujitecaria dijo...

No sufras, todos los dioses tenemos pies de barro. Y si es de ruedas, el barro es bastante inconfesable.