jueves, 27 de diciembre de 2012

Algunas piezas más del puzle

Hace algunas semanas pude ir poniendo algunas piezas más del puzle de mis antipasados, de los viajes y migraciones de mis padres y abuelos. La resistencia a hablar de aquellos duros años de trabajo de sol a sol, recuerdos que cada vez van tomando ya carácter de leyenda o mito, deformados, con el sabor de las historias lejanas en las que ya no se puede confiar.

Parece ser que lo que trajo a mi padre a Madrid desde el agreste solar extremeño no fueron estrictamente las penurias, sino una casualidad en forma de accidente laboral de mi abuelo, que le obligó a asistir a un médico de la capital. Superada la crisis, las mayores oportunidades de la metrópoli les llevaron a asentarse, trabajando como guardeses o aparceros en una finca de las afueras del susodicho doctor. Por motivos que no me quedaron claros, aquello se acabó, y mi abuelo y mi padre dieron con sus huesos en la lejana Murcia, mientras mi abuela y el resto de sus hijas menores quedaron en Madrid.

Allí, pisando uva primero y después arrancando esparto, que debe ser un trabajo extremo y extenuante, pasaron algún tiempo. Cuenta mi padre que el jornal iba casi íntegro para Madrid, y que ellos se alimentaban de pan y chocolate, para ahorrar. Cuántas imágenes del cine y la literatura se agolpan y de repente se hacen realidad. Cómo serían aquellos años para el joven de pueblo, a la sombra de un padre que a mi me ha quedado como una especie de figura legendaria y especial.

De mi abuelo no tengo recuerdos, pero sí unas peculiares grabaciones en cintas de magnetófono, en las que engarza unos monólogos, ignoro si suyos o no, a modo de chistes o historias curiosas, con un humor suave, breves relatos como aquel del potentado que le pregunta a su hijo por la profesión a la que se quiere dedicar. Tras enumerar varias, exaltando sus virtudes, el chico finalmente dice lo que quiere ser: "Papá, quiero ser hijo, hijo  y nada más". Esa historia tan breve, simple e interpretable, a mi me trae recuerdos de esas edades en las que ser hijo es una profesión deseable y que parece eterna, pero que uno nunca valora, hasta que aparece la vida adulta y empieza a marearte.

Poco más se decir de mi abuelo, menos aún de los abuelos de mi madre, perdidos en los albores de la guerra, que adquieren el carácter de las fotografías borrosas y de los seres de humo, de esos que miran en las fotografías como si ya se supiesen antiguos y olvidados.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Amor demasiado precoz

¡Que está enamorado, me dicen! ¡Que un amigo suyo del cole dice que H. está enamorado de otra niña; ojalá, se trata de una niña dulce y discreta, creativa y tranquila! Qué pena que no pueda creerlo. En su mundo egocentrista no queda espacio para el amor todavía, con todo lo que tiene que absurdo, de desapego y de abandono. He visto salir en mis hijos los sentimientos como quien les ve salir los dientes. Les salen en el momento adecuado, pero, a diferencia de los dientes, ya no vuelven a caerse nunca más. He visto cómo aparecía el miedo, el temor, en el momento adecuado, cuando se despegan de la madre y caminan solos, y el miedo les ayuda a calibrar los peligros.

He visto nacer la avaricia, el egocentrismo, básicos en los primeros años, que necesitan de todo para sostenerse; la envidia, ese sentimiento erróneamente menospreciado y vituperado, pero que en realidad nos azuza, nos estimula diariamente, si lo conducimos con sabiduría. El amor solo existe entonces como apego desesperado y absoluto hacia sus padres, verdadero norte, paraguas, barrera, cobijo, referencia. La amistad también existe, aunque se torna enfado con mucha frecuencia, porque choca con la avaricia; la amistad desinteresada y sin fin no creo que se haya consolidado aún, es solo de momento un subproducto de la convivencia obligatoria que es esa dura red de relaciones que es el colegio.

Pero el amor a otra persona, ¿para qué? ¿Qué función puede tener aún? ¿Ensayo general? ¿Tiene la misma función entonces que el juego, que es un mera reproducción inofensiva y controlada de las experiencias reales? El amor ha de salir cuando la personalidad se haya asentado, cuando se haya comprendido al fin nuestra insignificancia, nuestra prescindibilidad. Es entonces, amén del reclamo genético de la perpetuación, cuando surge la necesidad de amar y ser amado, la de no sentirse nunca más solo, la de tener un depósito seguro de afecto y de mutua comprensión. Y que lleve indefectiblemente a un calvario o a un remanso.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Borrado total

Parece ser que la zona de columpios de hierro donde yo iba a jugar de pequeño ya no existen, reducidos a unos exiguos y acordonados toboganes de plástico. El cole donde fue de 6 a 9 años, aquellos barracones prefabricados donde nos hacinábamos clases de 40 niños, y un enorme patio de desolación arenosa, que hoy sería inadmisible, ha quedado arrasado por un vistoso cole con un patio de cemento; el otro cole, "el de los mayores", un edificio feo, lleno de escaleras, frío en todos los sentidos, hoy es una especie de colegio para niños "especiales", aunque me temo que no tiene mucho uso, porque el patio, que era una explanada de cemento ya agrietada, está lleno de malas hierbas, su rejas descoloridas. La zona por donde iba caminando a este cole, hoy está vallada, sus terrenos pertenecientes a una instalación para niños con minusvalía o algo así.

El descampado enorme cercano a mi casa donde se disputaban épicos y anárquicos partidos de fútbol, hoy es un aparcamiento, que apenas puede contener a los millones de coches con que se ha poblado el barrio. El resto de numerosos descampados que poblaban, o que despoblaban, este barrio asimétrico y desordenado que era Aluche, que creció y se desarrolló como un jardín sin cuidar, sin ninguna línea recta, sin sentido, misterioso y genial, está todo hoy cercado, vallado, delimitado, perfectamente rectilíneo, cerebral, calculado, sin posibilidad para la imaginación y sin cabida para las leyendas urbanas, como ese misterioso túnel o tubeía gigante cerca de la estación, que nadie sabía dónde conducía, y donde cada verano se cometían horrendos crímenes o se descubrían pavorosos restos humanos, o de ritos satánicos, o lo que se nos antojara por la temporada.

Mis cosas han desaparecido, mis juguetes, mis cómics, mis discos, mis creaciones, como ya expliqué aquí, arrancados para siempre por una locura transitoria y cómica de mi padre, en una especie de inversión limpiadora del síndrome de Diógenes. Han cambiado las aceras, han pintado las casas, han cerrado las tiendas, han derribado los edificios emblemáticos, han desaparecido las personas, los actores secundarios. A veces me da por pensar que hay un personaje oscuro, metódico y retorcido que está borrando poco a poco las huellas de mi existencia.

lunes, 17 de septiembre de 2012

La simetría de las palabras

Y ayer volvió a pasar. Qué casualidades urden las palabras, cómo se asemejan, cómo juegan, se esconden, saltan, mudan ligeramente de significado, aparecen para reírse o para ponerse serias. Pues hace ahora un par de meses que oí por vez primera la palabra claque, que, ya sabéis, es ese público que va pagado o amistado con el artista para aplaudir en los momentos concertados y arrastrar al público neutral y crítico. Pues yo nunca había oído esa palabra, aunque la persona que la nombró no diera crédito. Tan poco sabía de ella que no supe buscarla en el diccionario: clá, clac. Y va la muy tunante y vuelve a aparecer dos veces en los próximos días, en contextos distintos, por personas diferentes, sin contacto, la última de ellas en un texto escrito, que fue la que me llevó a su conocimiento, a su secreto, pues cuando la ves escrita cuando la palabra ya está desnuda.



Y esta semana vuelve a pasar. Curiosamente la misma persona que inició el asunto claque, va y dice que mi nueva bolsita para guardar el desayuno se parece al cabás que llevábamos cuando éramos colegiales. A todo el mundo le pareció muy acertada la comparación, pero que me aspen si sé qué demonios es un cabás. Un repollo en inglés, fue lo único que se me ocurría. Mis intentos de buscarla en el diccionario, imposibles. Y héte aquí que hoy aparece otra vez, en el libro que estoy leyendo, así, como burlona, como acusándome de haberla ignorado y olvidado, reivindicándose ante mí o pavoneándose, quién sabe lo que piensan las palabras de nosotros.


martes, 24 de julio de 2012

Lo que cobra el fontanero

Señores, señoras:

Si llega el fontanero a casa y te sopla 120 euros por cambiarte el grifo de la ducha, que sepaís que no estáis pagando las piezas, no estáis pagando el desplazamiento, no estáis pagando la mano de obra ni el tiempo empleado.

Lo que estáis pagando, amigos, es el precio de vueltra maldita ignorancia.

miércoles, 18 de julio de 2012

El e-mail como placebo

En estos turbulentos días de revuelta, estupor e indignación del colectivo, bullen los pasillos, proliferan los corrillos, un mínimo comentario se puede transformar en un debate más o menos serio. Hay cierto monolitismo en todas las opiniones, se oyen frases que empiezan a sonar ya a tópico y, sobre todo, hay avalancha de correos. De entre todos los correos me han llamado la atención varios que siguen la estela del "pásalo", tanto que me ha surgido esta idea del e-mail como el placebo, como el sustitutivo de la reflexión y el de la acción.

En estos días en los que el mensaje subyacente, sobre todo empleado por movilizadores correos y panfletos sindicales, es que no te puedes quedar callado, que hay que luchar, que hay que gritar, también llegar con frecuencias los mensajes que reproducen alguna soflama, denuncia, información, casos real, con el inconfundible tufo del refrito y del copia y pega. Y acaban con un directo o indirecto arrebato final que invita a reenviar el mensaje a todo el mundo, a que dé la vuelta a la tierra, a que circule ad infinitum por la nube, como si el mundo se rigiera por lo que hay en el correo, habitualmente lleno de basura, de niños que necesitan transplantes, de avisos sobre los dañinos de tal o cual producto diario, de amenanza terroristas o cataclísmicas inminentes.

Y uno debe reenviar el mensaje y sentirse después implicado, satisfecho, luchador, irredento, y mirar con recelo al compañero que lo ha borrado sin leerlo y ha roto esta cadena imparable, que va a cambiar el mundo a base de mails incendiarios.

sábado, 14 de julio de 2012

Una sonrisa primigenia

La sonrisa de un bebé de pocas semanas o meses, inesperada, súbita, espontánea, que desaparece en el siguiente segundo, puede interpretarse de dos maneras:

Una, la más fría, es que esa sonrisa es un espasmo, un ensayo de un cuerpo en formación que está aprendiendo a actuar conjuntamente, a compenetrarse, sin más significado emocional que una coincidencia afortunada de movimientos musculares.

La otra es pensar que la sonrisa denota que la alegría es un sentimiento básico y congénito, una piedra base del organismo, que utiliza el optimismo como medio para sobrevivir. Una expresión estentórea de la alegría de estar vivo.

Elegid la explicación que más os guste, o cualquier otra que os plazca.

lunes, 4 de junio de 2012

Unas historias de la guerra

Cuando Evelyn Waugh inicia su trilogía sobre la Segunda Guerra Mundial (que se conocerá como Sword of Honour), o, al menos, sobre la SGM que él vivió, es un escritor reputado, con recursos, lo que le sitúa en la posición de poder ofrecer su visión sabiendo que el público, al que había encandilado con Brideshead revisited, iba a recibir lo que escribiera, aún frescos en su recuerdo los apagones, los bombardeos, los discursos de Churchill.

Iniciada su lectura, uno rápidamente se da cuenta de que allí se va desarrollando un ajuste de cuentas, con la guerra, con la religión, con la burocracia, con la hipocresía, y con todos aquellos con lo que Waugh está en fricción. Añorador desde el principio de un honor y una gallardía de los antiguos caballeros católicos ingleses, quizá solo existentes en su imaginación, Waugh, y su imagen especular en las novelas, Guy Crocuhback, describen una guerra muy poco gloriosa. Men of arms, el primer volumen, trata de la vida en una Inglaterra que mira de reojo el asombroso despliegue nazi, que traga como puede el desastre de Dunkerke, pero que se afana más en conseguir buenos puestos en la nueva escala militar. La guerra de burócratas y de incompetentes, de personajes caricaturizados con amargura y resentimiento, ocupa esta novela, para acabar con una chapucera escaramuza en las playas de Dakar. Officers and gentlemen, el segundo tomo, y último de los que he leido, abunda por el mismo camino, esta vez en territorio africano, para acabar con otro desastre, esta vez en la isla de Creta.

A través de la escritura morosa y parca de Waugh se destilan sus rencores y se adivina una personalidad vitriólica, ajada y amarga. Su resentimiento es patente, pero incluye también una parte de autoflagelación en la figura de su otro yo, un ser apático, anodino, desesperantemente inactivo. Su resentimiento llega  también a las mujeres. A Waugh, durante una ausencia, su mujer le abandonó por una amigo, y este hecho se refleja con claridad como una herida abierta a través de la peripecia exacta que sufre el protagonista, y del descarnado retrato posterior de la mujer. Pero es en una escena entre ellos dos donde está el mejor momento de estas novelas. Guy, fiel católico, es animado por las palabras de su párroco, que le dice que una esposa siempre conserva su carácter de esposa, a intentar un acercamiento sexual a ella, sancionado a su parecer por las reglas de la religión. La mujer no le rechaza hasta que descubre que han sido las palabras del sacerdote las que han desencadenado todo, y con duras y certeras palabras le desprecia.

Teniendo una escritura fría y desapasionada, es curioso ver como por las grietas de la estructura asombra todo el rencor y el dolor que este dandy furioso llevaba escondido.

jueves, 3 de mayo de 2012

Nuevos recién llegados

Un mes un poco de locos, un poco de pereza y, por qué no, de falta de inspiración y de arrebato, ha causado un abandono de este cuaderno de locuras. Espero que momentáneo, se verá. Al menos, he sumado un nuevo lector, colega de experiencias cinéfilas, (tengo muy pocos colegas de carne y hueso con los que compartir mis rarezas), al que hace tiempo que no veo. y ¡qué sorpresa! va a ser papá. Vivo rodeado de madres y padres que este año van a debutar en este deporte único e inclasificable, pero siempre se recibe con sorpresa y con mueca de ironía un nuevo fichaje. Enhorabuena, JL, (bueno, de paso, a los dos JLs que leen este blog y que van a ser padres).

Y en la casilla de salida, tres nuevas incorporaciones. Por un lado, C., niña deseada, niña inesperada, niña arrebatada al vacío, niña que nace, como muchos, de casualidades, de una mirada atenta de un médico que asume el poder de un Dios por un segundo, punto y seguido de una historia de búsqueda, de un anhelo y de una lucha contra lo que parecía ya un imposible. Es una historia que merece contarse, pero no me corresponde a mi hacerlo. Los que hemos estado en esto, casi siguiendo en directo todo el proceso, repasamos mentalmente una y otra vez los acontecimientos, nos gustamos en recontarnos este asunto que hemos llevado entre manos, por el que hemos sentido a menudo mucha impotencia, pero que ha acabado de un modo mágico, casi diría misterioso. Y ahí estás, lo demuestran las fotos que ya hemos visto, por supuesto indolente a todo lo que ha removido a su alrededor.

La otra nueva incorporación a este mundo que se está poniendo difícil, (pero en el que parece que seguimos teniendo fe, a juzgar por el ritmo frenético de pequeños habitantes que han venido y están por venir) es otra chica, ya con algunos meses, pero que ha tenido que pasar por quirófano, por un asunto en apariencia importante, pero que se ha resuelto estupendamente. Su venida al mundo ha sido una de las más inesperadas, una noticia sorprendente, descubriendo a una madre latente donde menos se sospechaba. Un último tren, una última oportunidad, una niña del ocaso, una belleza postrera. Su nueva vieja madre brilla desde entonces con nueva luz, un misterio.

También en el descuento se concebió al tercer recién llegado. Si C. se resistió a venir, y solo nació cuando la echaron, D. se quiso adelantar, mucho, y a los 6 meses se presentó. Niño menudísimo, una avellana que pelea con prisa por llegar a alguna parte. Pelea con entereza, minuto a minuto, por ir creciendo, buscando un sitio en un mundo al que llegó demasiado pronto.

Demasiado pronto, demasiado tarde, arriba, abajo, fuerte, exangüe, inesperado, obvio, es igual, el tropel está aquí ya, empujando, queriendo saborear, chapotear, dar guerra, empezar la batalla eterna con los padres enemigos y solo momentáneos aliados, experimentarlo todo porque son el primer ser sobre la tierra, porque nada ha existido antes. Tener hijos es un tormento, una tortura, es la raya que divide la vida, que nunca vuelve a ser la de antes, tener hijos es la coartada perfecta para todos los errores que hayas cometido, porque todo lo que hayas hecho conduce a ellos, a su fragilidad, a su sorpresa, a esa boca abierta al contemplar algún milagro rutinario, a su sueño tranquilo, a su rebeldía, a otra vida que no es la tuya y que sin embargo.......

martes, 13 de marzo de 2012

Al final, un pequeño incidente

Me fui en metro y en tren al hospital. Después de recibir la noticia de mi hermano, con voz urgente y parca, de que a mi madre le operaban de improviso, cogí mi abrigo y, con la noche ya caída, me fui al metro, con la intención de cruzar Madrid en tres trasbordos. Ni se me pasó por la cabeza coger el coche, que me habría puesto allí en minutos. A esas horas no habría tenido problemas de tráfico ni de aparcamiento.

No fue hasta llegar a Vallecas que no me pregunté qué estaba haciendo allí, esperando al tren, como si no hubiera prisa, como si fuera a una trivial cita. Por el camino me iba diciendo que ella estaba muy débil, si no veían los médicos que no debían tocarla, que se iba a romper a trocitos. Llegué allí con cierto miedo a salir a la calle, y a subir a la sala de espera del hospital, con temor a lo que ellos ya sabrían y yo no, con pánico a las noticias. Horas abstractas, en esa sala de espera que es como todas las salas de espera junto a quirófanos, mudas, sucias. Era una sala pequeña y absurda, con un inútil cuartito vacío dentro de ella, de apenas 4 metros cuadrados.

La operación había ido muy bien, decían, y nos apremiaban para marcharnos a casa, hasta la mañana siguiente. Cuando volví, ya de día, apenas reconocía a la anciana de la cama, pálida, enjuta, con ojos asustados pero adormecidos. Sus 80 años habían caído de repente, como un aguacero tremendo y tempestuoso, acabando con todo. En los días siguientes aparecieron el miedo a haber llegado a ese punto de no retorno en la vida de ciertos ancianos, que se deslizan en una decadencia, que se absorben, que parece que solo quieren dormir.

Hoy, con la enferma recuperada, en casa, de nuevo con sus energías, todo parece un exceso de tragedia. Recuerdo no sin vergüenza los momentos vividos, y los imaginados, los “cómo va a ser ahora todo”. Una operación bastante corriente, casi nunca grave, con pocas consecuencias. A mi alrededor, en el trabajo, asuntos y desgracias mucho más graves y penosos han pasado en estos días. Pero es lo que a uno le pasa lo que te afecta de verdad, quizá sea egoísmo, no sé, han sido unos días confusos y agotadores.

domingo, 19 de febrero de 2012

Ahora, hablaremos del Gobierno

Desde hace algunos meses, Italia tiene nuevo primer ministro, un economista llamado Mario Monti, no alineado con ninguno de los estrafalarios partidos de su país. El hecho de que no haya sido un gobernante elegido democráticamente es muy grave. Los partidos, conscientes de los graves momentos que se esperan, han decidido apartarse para que sea otro el que se lleve los varapalos. Los mercados, los poderes económicos, esos que han convertido a la política en algo anticuado, en un absurdo juego de sombras no muy diferentes de las discusiones de hinchas futbolísticos en un bar, parece que se han quitado la máscara y han decidido eliminar el engorroso trámite de las elecciones para poner a uno de los suyos a las riendas.

Pero hay otra lectura, no menos inquietante. Mario Monti es un economista de prestigio, educado en Yale, un hombre respetado por la comunidad de especialistas. En los pocos meses desde que llegó, la deuda italiana se ha estabilizado, y las delicadas finanzas del país parece que, al menos, no se hunden. Lo que está en juego es mucho: una posible bancarrota italiana tendria efectos desconocidos: la quiebra en cadena de otros países, de bancos y entidades financieras que dependen de ellos, y de empresas de todos los tamaños que a su vez dependen de estas. Un efecto dominó global, un escenario apocalíptico. Si alguien puede cargar con ese peso, no es Silvio Berlusconi, desde luego.

Lo que quiero decir es que el sentido común, el darle una difícil tarea a alguien que, lo hará mejor o peor, tendrá una visión y otra, pero que sin duda está capacitado, ha tenido que venir, no por un proceso democrático, sino por una imposición. Personajes como Monti, de nulo interés político, que no está interesado en prometer cosas que no puede cumplir, que no le apetecen los mítines, el meterse con el partido contrario de turno, etcétera, nunca podrían ser elegidos. Si se presentaran como cabeza de lista por algún partido, lo más triste es que probablemente serían ignorados por el electorado, siempre atento a ver cómo da en pantalla, a ver qué tal me cae, a ver si le sudan los sobacos. El gran peligro de la democracia es la libertad de que un país se vaya a la mierda por propia elección.

martes, 10 de enero de 2012

Alonso

En el juego de roles que era/es las clases de lo que entonces se llamaba EGB, a Alonso le tocó un papel incómodo. Tecnológicamente a años luz de nosotros, chico de familia probablemente adinerada perdido en un cole público de barrio muy humilde, le tocó destacar. Una tarde nos invitó a su casa a los dos amigos cercanos que tenía, y nos mostró su ordenador, un Amstrad de última tecnología, con el que hacía algo que hoy se llamaría diseño gráfico, que entonces se hacía con líneas que hoy no se ven ni en un tele-sketch. En clase, conocidas sus habilidades tecnológicas, una vez el profesor, igual o más ignorante que nosotros en esos asuntos, le animó a dar una charla sobre los ordenadores. Recuerdo que empezó diciendo: "Un ordenador es una máquina tonta que no vale para nada". Del resto no me acuerdo, pero de la frase sí, y aún sigue siendo cierta.

En una visita que hicimos al Madrid de los Austrias, hizo el recorrido con una grabadora, a la que hablaba en susurros repitiendo las palabras del guía. Se añadía a este componente friki o geek, por usar palabras que nada significaban en aquella Prehistoria, una condición física especial: era un tipo grande, con sobrepeso, con gafas. Un buen tipo, que soñaba con construir cohetes, sacaba buenas notas, hablaba de ciencia-ficción y que tenía el desagradable papel de ser diferente, algo que entre chavales no se perdona.

No le recuerdo esencialmente dolido por su situación y por las burlas que recibiera, que tampoco es que fueran horribles o continuas, pero algo debía de haberle hecho mella, porque le volví a ver bastantes años después, ya en la etapa universitaria. Me reconoció él a mí, porque nunca lo hubiera hecho yo: había perdido muchísimo peso, tenía un aspecto, una manera de vestir, más acorde, más proporcionado, más normal, vaya. Me alegró mucho verlo y le dije. "Hombre, Alonso, qué tal te va?". "No me llames Alonso. Prefiero Fernando". Esa fue la clave. En la EGB le conocíamos por su apellido, pero ahora elegía el nombre para darse a conocer. Entonces fue cuando supe cuánto le habían dolido esos años de pequeñas burlas: cuando uno se cambia el nombre, es que algo ha pasado, es que empiezas de nuevo, es que eres otra persona.

Alguna vez he intentado buscar qué ha sido de él, pero imaginaros, con ese nombre y ese apellido, Google me inunda de datos despreciable sobre cierto astro del deporte, cuyas hazañas me interesan mucho menos que mi las de mi antiguo amigo.