lunes, 15 de septiembre de 2014

Aquellas viejas lecturas

Crecí leyendo tebeos de superhéroes. Con el tiempo afinaron mi espíritu crítico, aprendiendo a discernir y a valorar la construcción de personajes, la solidez de las tramas, y por supuesto, el talento visual y el narrativo. Tantos años después he vuelto a revisar algunas de aquellas historias, las que recordaba mejores. Amén de despertar añejas y melancólicas sensaciones, compruebo con pesar que la calidad con que tenía guardadas en mi memoria aquellas historias hoy se me desvanece entre los dedos, y me deja sin saciar.

¿Me habré hecho viejo y rancio? ¿es un error releer viejos títulos que nos parecieron magníficos y aquilatados? ¿es mejor que sigan durmiendo el sueño legendario en el que viven o hay que enfrentarlos sin tapujos a los ojos quizá ya cansados con lo que miramos hoy, que se lo saben todo y que igual han perdido la capacidad de la sorpresa y la ingenuidad?

viernes, 14 de marzo de 2014

10 veces

Ese día, del que ahora se cumplen 10 años y que, por nuestra pasión por lo simbólico y lo redondo, toca recordar y rememorar, aunque duela, fue sobre todo abstracto. Es el día en el que se romplen las reglas, en el que los cimientos se quiebran. De repente, subí a un autobús, y la máquina de validar los billetes estaba tapada por un plástico: no había que que pagar, porque, como era mi caso, las personas deambulaban de hospital en hospital buscando a alguien.

¡Qué extraño! Vine a la biblioteca en el autobús, el 37, pasando al lado de Atocha, y llegué al trabajo con normalidad. Si me hubiera fijado, ¿habría visto a la gente salir de la estación, y de sitios poco habituales de los alrededores, como embobados, serios ejecutivos con maletines mirando al vacío, como tantos otros dijeron haber visto? Caminamos ciegos, sin ver. Aún más raro fue que aquella mañana nos reunimos en el trabajo, y comenzamos a tratar alguna trivialidad tremebunda bibliotecaria. Interrumpimos a los pocos minutos. Era ese mundo abstracto, que se estaba haciendo presente.

Más tarde, cuando el asunto impactó y me convertí en uno de esos seres de mirada ensimismada, que visitaba hospital sin hospital, buscando a una chica a la que no conocía y de la que solo sabía el nombre, poco importaba ya nada. Con una eficacia metódica tracé las rutas y los medios de transporte más adecuados y rápidas. Visité salas de espera atestadas, de gente asombrosamente tranquila, leyendo listas de heridos y de muertos, que cambiaban constantemente. En la última visita, un médico habló a la sala abarrotada. Antes de colgar la lista, una lista unificada de todos los hospitales, nos advirtió de que si no encontrábamos la persona que buscábamos en esta lista, nos pusiésemos en lo peor. Lo dijo de modo muy crudo, "lo más probable es que estén muertos", y a mí me repugnó. Más aún cuando no estaba allí. Más aún cuando al final tuvo razón.

10 veces ya 11 de marzo. Unos años después de la tragedia, soy habitual de esa línea de tren, y de esa hora. Ya casi nunca, pero muchas veces me han venido ráfagas de recuerdos, muchos de ellos falsos, y he mirado a la gente de alrededor, viviendo un día normal y reglado. La sombra abstracta y quebrada sigue por aquí, dentro de todos los que nos tocó vivir esa insoportable mañana.

martes, 8 de octubre de 2013

Todos los datos

En "Watchmen", la novela gráfica de Alan Moore que, a los que crecimos leyendo tebeos de superhéroes americano, nos hizo ver lo que había detrás de esos cómics y nunca quisimos ver, el personaje de Ozzymandias es un superhéroe retirado, que ha descubierto que es mucho más rentable vivir de la imagen de superhombre y su merchandising que de jugarse la vida disfrazado con un pijama. Se siente liberado de cualquier obligación moral, quizá porque sabe que es imposible cambiar un mundo abocado a la tercera guerra mundial (el conflicto ruso-americano llevado hasta el extremo en el universo distópico que plantea esta obra), desde la calle, deteniendo al ratero de turno, o al pobre científico loco, mientras los grandes poderes a los que sirve y a los que se supone defiende se rinden ante los lobbies de las industrias de la guerra, abocados al conflicto contra el otro mundo, que a su vez tiene a sus propios super campeones. Se siente liberado de su compromiso, pero no por ello está más asqueado del derrotero moral de su país, al que ama, pero por el que se siente impotente al ver como se encamina sin lucha hacia la destrucción.

Encerrado en su torre, desde el que gobierna su imperio juguetero y mediático, ejercita su poder favorito, el del análisis. Contempla las centenares de pantallas de televisión, cada una sintonizando una cadena distinta de algún lugar del mundo. Es incapaz de saber lo que pone cada una, de escuchar todos los debates, de saber con detalle lo que cuenta cada informativo, lo que vende cada anuncio, qué es lo que pasa en cada reality. No ve eso, pero ve más allá: es capaz de descifrar el hilo conductor que une todo eso, es capaz de sumarlas, y de dividirlas, y de saber sacar en producto común, el que pone en movimiento todas las pantallas, y, a través de ellas, ve, como ningún otro habitante humano es capaz de ver, a dónde va el mundo, a qué destino inexorable le conduce el conjunto de miedos, fobias, anhelos y esperanzas que son las sociedades y que dan forma al mundo.

Recientemente he asistido a un par de jornadas sobre el archivo web, esa utopía imposible, ambición loca de bibliotecarios irredentos, por conservar todo lo que el hombre piensa o ha pensado. Nunca antes como ahora se ha tenido acceso a lo que piensa cada individuo, lo que le conmueve y lo que le subleva, nunca antes ha quedado como ahora tan patente que el concepto de sociedad es un quimera, que somos un cúmulo de excepciones que coinciden arbitrariamente, pero que al mismo tiempo, en una suma infinita e inaprensible, tenemos una conciencia común, una especie de animal nocturno que acecha en cada portal y en cada casa.

Algunos valientes se han atrevido ya a intentar extraer coordenadas comunes que saquen conclusiones de todo el océano inabarcable de datos que supone Internet. Gente que analiza, que estudia, y que sumando todas las conciencias, reales o simuladas, que subimos a este nube ya tormentosa, como este blog que ahora escribo, intentan explicar lo inasible y ver, nunca afortunadamente con la estremecedora claridad que el legendario Ozzymandias, qué es lo que nos aflige y, en definitiva, a dónde se encamina en mundo.


martes, 27 de agosto de 2013

La magnitud de la tragedia

Vivimos rodeados de inmensas tragedias y desastres continuos. Hablo de catástrofes, claro, y guerras, hambrunas y desastres naturales. Pero hablo también de la tragedia cotidiana, esa que leemos apenas en un periódico de sucesos, o que se menciona en un telediario, siempre rodeado de una estadística que le da contexto, que la relaciona con otros hechos con lo que nada tiene que ver, salvo el final. Nada explican esos datos, porque la tragedia es única e irrepetible y cuando golpea, tambalea y destruye.

Cuando sabes, siquiera mínimamente, más de la historia de la que cuentan los diarios, y ves que su número se suma a otros que están clasificados como el mismo tipo de tragedia, te das cuenta de que es errónea, de que esta tremenda desgracia tiene elementos únicos, personas reales, a menudo cercanas, y que los comentarios de airados lectores son injustos, desmedidos, llenos de desconocimientos.

Emitimos juicios, a todas horas, sin medida, sobre todo lo que ocurre al otro lado del mundo, o sobre nuestro vecino más cercano, del que sabemos poco más que el nombre. Juzgamos a todas horas, ponemos etiquetas, manoseamos sin pudor otras vidas y otros hechos con una ligereza nauseabunda, cínica. Habría que callarse, o dejar de pensar, pero es imposible permanecer callados, o pensar lo que se dice, y es prácticamente inalcanzable no pensar en nada. Lo único que tenemos que hacer en estos casos, amigos que sepáis de lo que hablo, es permanecer mudos ante la magnitud de la tragedia.

viernes, 17 de mayo de 2013

Tiempos mejores

Al final de  "La naranja mecánica", la novela de Anthony Burgess (que por un curioso embrollo editorial conoció un involuntario final distinto en la película de Kubrick, que en nada se parece al del libro), el adolescente ultraviolento Alex se ha convertido en un inocente y asustado joven gracias a las terapias modificadoras de conducta, cuyas técnicas despiadadas matan en el joven sus ansias destructivas, pero curiosamente también aniquilan su afilada percepción de la belleza musical, cuyo sonido no puede soportar más, a su pesar.

Acosado por sus antiguos rivales pandilleros, que se han convertido en violentos y arbitrarios policías, acaba albergado en casa de un activista anti-tortura, que curiosamente fue una de las víctimas de uno de los crímenes más horrendos de Alex. F. Alexander, que así se llama este escritor, cuya obra maestra fue cercenada y destruida por el asalto del Alex ultraviolento, cobija al joven y le explica que, en el tiempo que ha pasado en la cárcel, la situación ha cambiado: el Estado, la policía, ha monopolizado la violencia, acogiendo a los antiguos pandilleros, que propinan palizas por doquier al joven que viste distinto, al que protesta. La sociedad en general está satisfecha, pese a todo: han desaparecido los jóvenes que ejercían la violencia contra pacíficos ciudadanos, y ahora la gente "normal" vive tranquila en sus casas. "La gente", dice Alexander, "sacrifica gustosamente su libertad por un poco de tranquilidad".

Gran verdad, aplicable a sociedades de todos los tiempos y lugares. Sociedades sometidas, con gusto, al capricho del dictador y de sus cuerpos de seguridad, ciegos al castigo injusto, admitiendo la tortura del disidente, con tal que la violencia oficial también acabe con el delincuente que molesta su cotidianidad, en una especie de pacto soterrado, macabro y de alguna manera mutuamente beneficioso. Solo así se explica las sociedades que añoran los años oscuros de falta de libertades, pero de seguridad callejera. Los que añoran el comunismo, los que añoran las dictaduras, las torturas y las desapariciones, los que lo perdonan todo con tal de vivir en un añorado orden, donde el ladrón es castigado, donde el perturbador desaparece, donde no hay por qué hacerse preguntas. Mi padre, cuya deriva política e intelectual no sabemos a dónde le puede llevar, comentaba que un amigo de sus bares añoraba los tiempos pacíficos y ordenados de la dictadura, donde el extranjero era extraño y en todo caso pintoresco, donde el mundo era ordenado, no era volátil, donde se sabía lo que iba a pasar mañana, donde la desviación y lo diferente estaba escondido y asustado.

domingo, 3 de marzo de 2013

Mucho tiempo sin decir nada

Mucho tiempo sin pasar por aquí. 2 meses. De sequía y de chispa. ¿Qué querrá decir esto? ¿Ya no tengo nada que contar sin miedo a repetirme? Los niños siguen creciendo, les siguen saliendo sentimientos nuevos, usan el vocabulario de manera intuitiva, inventando, remarcando. Me hace gracia esa transparencia en sus rodeos, a veces directamente indescifrables, pero en ocasiones claros como el agua, aunque uno a veces tenga que hacerse el tonto.

He leído libros, de los que quise escribir en su momento, pero no encontré las ganas. Hoy ya me quedan un poco más lejos y ya no estarían igual de "frescos". La familia, bien, gracias, mis padres se hacen viejos, y su lenguaje, como el de los niños, es deformado también para hacer resaltar lo que les parece evidente. En la boca de los ancianos, el lenguaje es repetitivo, insistente, ya inamovible, milenario, pero incide en lo mismo, en unos fantasmas que ya son tan reales como nosotros. En su caso, más que deformar el lenguaje, como he dicho antes, es la propia realidad la que deforman, sus recuerdos ya son falsos al día siguientes, y todo corrobora sus teorías y sus supuestos.

Y nosotros, los asustadizos adultos, en medio, aturullados, sin aliento, sin tiempo y casi ni energía, siempre sobrepasados, apagando un fuego para ver cómo se enciende otro, siempre con un soniquete sordo en la cabeza, que no escuchamos o no nos atrevemos a escuchar. Llega la noche y queremos dormirnos, no sea que nos atrevamos a pensar en lo que nos espera.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Algunas piezas más del puzle

Hace algunas semanas pude ir poniendo algunas piezas más del puzle de mis antipasados, de los viajes y migraciones de mis padres y abuelos. La resistencia a hablar de aquellos duros años de trabajo de sol a sol, recuerdos que cada vez van tomando ya carácter de leyenda o mito, deformados, con el sabor de las historias lejanas en las que ya no se puede confiar.

Parece ser que lo que trajo a mi padre a Madrid desde el agreste solar extremeño no fueron estrictamente las penurias, sino una casualidad en forma de accidente laboral de mi abuelo, que le obligó a asistir a un médico de la capital. Superada la crisis, las mayores oportunidades de la metrópoli les llevaron a asentarse, trabajando como guardeses o aparceros en una finca de las afueras del susodicho doctor. Por motivos que no me quedaron claros, aquello se acabó, y mi abuelo y mi padre dieron con sus huesos en la lejana Murcia, mientras mi abuela y el resto de sus hijas menores quedaron en Madrid.

Allí, pisando uva primero y después arrancando esparto, que debe ser un trabajo extremo y extenuante, pasaron algún tiempo. Cuenta mi padre que el jornal iba casi íntegro para Madrid, y que ellos se alimentaban de pan y chocolate, para ahorrar. Cuántas imágenes del cine y la literatura se agolpan y de repente se hacen realidad. Cómo serían aquellos años para el joven de pueblo, a la sombra de un padre que a mi me ha quedado como una especie de figura legendaria y especial.

De mi abuelo no tengo recuerdos, pero sí unas peculiares grabaciones en cintas de magnetófono, en las que engarza unos monólogos, ignoro si suyos o no, a modo de chistes o historias curiosas, con un humor suave, breves relatos como aquel del potentado que le pregunta a su hijo por la profesión a la que se quiere dedicar. Tras enumerar varias, exaltando sus virtudes, el chico finalmente dice lo que quiere ser: "Papá, quiero ser hijo, hijo  y nada más". Esa historia tan breve, simple e interpretable, a mi me trae recuerdos de esas edades en las que ser hijo es una profesión deseable y que parece eterna, pero que uno nunca valora, hasta que aparece la vida adulta y empieza a marearte.

Poco más se decir de mi abuelo, menos aún de los abuelos de mi madre, perdidos en los albores de la guerra, que adquieren el carácter de las fotografías borrosas y de los seres de humo, de esos que miran en las fotografías como si ya se supiesen antiguos y olvidados.