martes, 4 de diciembre de 2007
El bosque petrificado
Ayer fue una espesísima niebla que no permitía vislumbrar nada más allá de 5 0 6 metros. Es lo que yo llamo niebla metafísica. Porque estar en una densa sopa donde no se ve a dónde vas o de dónde vienes, donde ves las siluetas de las cosas o de las personas, no me diréis que no es fácil ver las connotaciones simbólicas y metafísicas que encierra.
Hoy ha sido una escarcha paralizante que cristalizaba las hojas y ramas del suelo, y ha dejado petrificados los desnudos y raquíticos árboles del camino. Un bosque de acero, una ciudad helada e infinitamente dormida.
viernes, 30 de noviembre de 2007
Y se ve la Luna
De vueta al trabajo, y a la vida más o menos normal. Ha sido un mes largo de “vacaciones”. Y va entre comillas porque ha sido una locura: el nacimiento exprés de Ana (qué ganas de venir al mundo tenía), los primeros días de convivencia los cuatro, visitas a tiendas de muebles y…. ¡mudanza!. Dar de alta contratos, acordarte de la madre del constructor cada vez que observas errores, pelearte con instaladores, el día entero en el coche, en fin… Menos mal que he vuelto al trabajo, a descansar de las vacaciones.
Al fin, vivo ya en algo parecido a una casa. Como soy un experto reconocido en el arte de echar de menos, añoro mi antiguo barrio y mi antigua vida. Me causa pesadumbre llevar al niño al cole en coche, ir con prisas. ¿Dónde han ido mis paseos matutinos por el Retiro desierto y helado?
Mi nuevo barrio no existe, es un erial lleno de montañas de escombros, un bosque de grúas, una Siberia yerma donde hace un frío del copón y el viento pasea por las desiertas avenidas los embajajes del Ikea que los vecinos dejamos por ahí, ante la ausencia de cubos de basura. El pequeño H. ya no pide salir a la calle, no se sabe si porque le gusta su amplia y luminosa habitación, o porque el paisaje no le motiva.
La primera nota de gusto por mi casa y por mi nuevo barrio vino de muy arriba, cuando me asomé a la ventana de mi cuarto y vi
Saludos a todos.
lunes, 29 de octubre de 2007
miércoles, 17 de octubre de 2007
Hasta luego
Así que hasta luego, escasas y apreciadas lectoras. A la vuelta nos veremos.
La calma en la tormenta
Vas por la calle atareado pensando en tus mil guerras y de repente aminoras el paso, y te das cuenta de que en realidad no tienes tanta prisa y de que hace un día espléndido. Así que disfrutas de 5 minutos de una paz incomparable. O cuando encuentras un ratito para tomarte un cafetito y te sabe riquísimo. O puedes leer 20 minutillos antes de irte a la cama. Los días agitados son tremendos, pero guardan estos tesorillos que los hacen a su modo únicos.
jueves, 11 de octubre de 2007
Alarma de intrusos
Ayer, en mi nueva y aún vacía y despersonalizada casa, me asaltó en el ascensor un señor de una flamante empresa de seguridad. Abundan, en los nuevos barrios, vendedores y panfletos de estas empresas, que son un próspero negocio últimamente. Como no sé decir que no a los vendedores, porque es un oficio lastimoso, porque me dan pena, le escuché lo que me quería vender. Además, es bien sabido que a los nuevos barrios y ensanches los delincuentes llegan mucho antes que los policías. El asunto me preocupaba lo suficiente como para esucharle con cierta atención.
Así que el señor José Luis me explicó los aparatos que me iban a poner en mi casa, y como reaccionan en caso de que un caco irrumpa en la vivienda, estando nosotros dentro o no. La cosa se empieza a torcer cuando el vendedor me explica que si viene un familiar o un amigo, pues solo tengo que desconectar el chisme y así no salta la alarma y se presentan los geos.
Entonces decidí que no iba a instalar esta ni nunguna alarma. No podemos consentir que capitalicen nuestro miedo, ni que medren a costa de nuestra psicosis. Las empresas de seguridad que merodean por los barrios nuevos son alimañas que huelen nuestro temor primigenio a que una tribu invada nuestra cueva. No expongo ninguna idea nueva si digo que creo que nuestras sociedades ultratecnificadas y sofisticadas viven atenazadas por el miedo; no es casualidad ni moda de diseño que las nuevas comunidades que se construyen tengan forma de rectángulo completamente cerrado. Nuestra casa es nuestro fortín, y nos encerramos en ellas con las pistolas cargadas, preguntamos quién va y si es una cara conocida guardamos los perros y bajamos el puente levadizo. Todo esto debe ser cosa de los tiempos, pero no quiero que nadie se haga rico a costa de que el vecino sea nuestro enemigo.
Pero por si acaso, contrataremos un seguro que cubra el robo
martes, 2 de octubre de 2007
Quino
Quino es más joven, aún trabaja, ahora está en las megalómanas torres de la antigua ciudad deportiva. Te partes de risa cuando le oyes hablar del vértigo que se siente allá arriba, él, un hombretón que ha trabajado en un piso 19 cuando no había redes ni arneses. Es un personaje poco relevante de mi infancia, pero que le vuelvo a ver ahora, regordete, con un bigote largo y acabado en punta, con los ojillos inquietos. Va a pescar y a cazar, es muy expresivo, de esos que miden con las manos todo, el tamaño de los peces que captura, el tamaño de las vigas que tiene que acarrear. Te golpea constantemente con su mano hinchada en el hombro para llamarte la atención. Me mira con picardía, viendo a través de mi apariencia adulta al niño asustadizo, enmadrado y blandito que era hace 20 años, conjurando de nuevo el temor que me inspiraban personajes como él cuando era pequeño, con sus chistes salvajes, sus retos, sus veladas acusaciones de poca hombría.
Hombría rancia, sudor de macho ibérico, machismo macerado en el poso de los siglos es lo que comunica a raudales Quino y los hombres de su generación y estrato social. Me enseña con orgullo su nuevo coche, no me acuerdo la marca, y nos cuenta que coge tranquilamente los 220 km/h cuando viene de Torrevieja (¿de dónde sino?). Le da igual que le quiten los puntos, dice, él va a seguir conduciendo de la misma manera. Mi padre le amonesta recordándole los muertos en carretera y todo eso, pero para Quino eso son cosas de los telediarios. Él me inspira, como muchos hombres de su catadura, indignación y compasión a partes iguales, son una generación perdida heredera de la ignorancia milenaria de este país, rematada por el ostracismo conventual de 40 años de religiosa dictadura. La vida, implacable, se muestra caprichosamente cruel con Quino, que perdió a su hijo pequeño en un absurdo accidente, cuando le atropelló un coche que iba a demasiada velocidad, y que ahora observa impotente cómo su mujer se va quedando ciega cada día.

