domingo, 4 de abril de 2010

Sir James Black (1924-2010)

La semana pasada pude leer por casualidad el obituario de la muerte de este científico escocés, hasta entonces para mí desconocido. De familia media tirando a humilde, pudo estudiar en la universidad gracias a una beca, y gracias a su talento y esfuerzo consiguió puestos importantes como profesor. En lugar de proseguir una cómoda y lucrativa carrera académica, como era la costumbre en los años 60, se decidió por la investigación en una modesta compañía farmaceútica. Allí descubrió dos importantísimos fármacos: los beta-bloqueantes, que inhiben la acción de la adrenalina, muy utilizados para las dolencias cardíacas (que habían acabado con la vida de su padre), y la cimetidina, contra las úlceras sangrantes. Ambos medicamentos obtuvieron ganancias millonarias para la empresa para la que trabajaba. No llegó a puestos directivos, ni los quiso: una vez más, en vez de vivir de las rentas y el prestigio, fundó una modesta y laboriosa organización sin ánimo de lucro para estudiar la diabetes y ciertos tipos de cáncer. Su pasión no era el dinero ni la fama, de la que rehuyó constantemente, pese a recibir un merecido Nobel en 1988.

Semejante persona (me resisto a usar la maltratada palabra "héroe") que ha salvado la vida de millones de personas y las seguirá salvando aún muerto, pasaría a nuestro lado sin enterarnos, quizá le empujaríamos sin querer en la batalla diaria del metro, cambiaríamos quizá de canal si algún programa se atreve a hablarnos de él y, en definitiva, será olvidado pasado mañana si no lo ha sido ya. Todo esto suena inevitablemente demagógico, pero no puedo evitar sentir rabia cuando nos hemos pasado meses llorando a Michael Jackson y Cristiano Ronaldo es poco menos que una deidad urbana, y eso hablando de gente que al menos trabaja o ha trabajado. Pero los héroes reales, que han trabajado con talento, esfuerzo o suerte para el bien común, aun cuando haya sido en el seno de una malvada compañía farmacéutica, no son reconocidos más que en oscuras menciones suecas o pesados tratados médicos. Todo esto tiene una explicación sencilla y terrible, que a todos se nos aplica, y que carece de solución: nuestro interés se halla irremediablemente centrado en lo trivial, que es lo que nos hace vivir o soñar. No cabe duda de que necesitamos héroes, siempre los hemos necesitado, pero nuestros héroes son la medida de nuestros anhelos, el espejo directo de nuestra talla moral e intelectual como sociedad. Y ahí vamos muy, muy mal parados, me temo.

3 comentarios:

Brujitecaria dijo...

Veo que en las vacaciones, aparcadas momentáneamente la lucha por el metro, empezamos a pensar y eso generalmente duele. Es cierto lo que dices y es tan difícil encontrar gente que no se deja llevar por la corriente general de los deseos (fama y dinero, principalmente) que solo por eso James Black sería merecedor de varios Nobel.
Pero hay que subir al metro y empujar o ser empujado: ¡qué tristeza!

Anónimo dijo...

Y Michael Jackson por lo menos era un artista. ¿Qué me dices de personajes como Belén Esteban? Hay gente que la adora y la llama "la princesa del pueblo"... Y cuídate de empujar a alguien como ella en el metro...

Unknown dijo...

Pues gracias por darnos a conocer a ese héroe desconocido.
Yo voy más allá. Héroes que solo salvan una vida, o que tan solo hacen más agradable la de los que los rodean. Heroinas que dan de comer a ancianos babeantes y malhumorados, a veces sus propios padres o maridos. Héroes de todos los días, aquí al lado, tú, yo, él mismo.
Claro, que luego salen en Callejeros y parecen seres raros, será el movimiento de la cámara...

En fín, desvarío, serán las horas. Me apunto a Sir James Black en mi lista de admirables.

Saludos,

SSS