martes, 27 de julio de 2010

El hombre del túnel

Hola otra vez. Lo que os voy a contar hoy es digno de uno de esos programas de la vida cotidiana algo friki (vida frikidiana, podríamos decir), que tanto se llevan ahora en la tele. Podréis ver a este señor en el tunel que conecta el barrio de El Pozo con el polígono industrial del Pueblo de Vallecas. (Camino del Pozo del tío Raimundo)




Es un túnel muy estrecho, en el que para regular el paso en las dos direcciones hay un semáforo, de tal forma que cuando se pone en verde, cruzas con la incertidumbre de que te encuentres con un coche que venga de frente y se haya saltado su semáforo. Os pongo una foto del Street View.



Al otro lado del túnel, en la foto tapado por el camión, se sienta muy a menudo (yo lo he visto a todas horas, haga calor o frío), un tipo con muletas, en la esquina, sobre una piedra, que con la mano indica que puedes pasar, porque los coches de la otra dirección ya se han detenido en su semáforo y no hay peligro.

Las veces que me ha tocado ser el primero en este semáforo, siempre le he agradecido con un gesto su "servicio", lo que le pone muy contento. Devuelve el saludo, y se sienta muy tieso, a esperar el siguiente cambio de semáforo. Es un señor de mediana edad, con muletas, probablemente de baja permanente o algo así.

Siempre me he quedado con ganas de saber su historia, el porqué se pasa allí las horas muertas, mirando pasar los coches. Por supuesto, la teoría que más veces me cuento a mí mismo es que perdió la movilidad de sus piernas en este cruce por saltarse el semáforo (cosa que hacen bastantes coches que llegan muy apurados), y expía sus culpas evitando que vuelva a suceder.

En el improbable caso de que paséis por este remoto sitio, que os toque ser el primero, y de que esté este "héroe" anónimo, agradecedle el detalle de su trabajo probablemente inútil, para que sienta contento una vez más.

martes, 22 de junio de 2010

La graduación

Era subir por un estrado hecho a mano, recibir del profe una medalla hecha de cartón ondulado, un birrete, y bajar por el otro lado. En los ensayos todo había salido perfecto. Pero yo sabía que mi pequeña lo iba a pasar fatal, con todos esos padres mirando. Lo estaba yo pasando fatal antes que ella. Allí estaba, sentada entre los compañeros, viéndolos subir, tan tranquila, pero cuando la llamaron se derrumbó. La han tenido que llevar en volandas, ponerle sus condecoraciones, y bajarla. Desde mi sillita le he abierto los brazos; poco a poco, mirando con recelo a sus profesores, y sin dejar de llorar y meterse los dedos en la boca, se me ha ido acercando, hasta que con una pequeña carrerita se me ha echado en los brazos. He sentido claramente a mi corazón convertirse en un croissant.

Que conmovedor y qué duro es verse reflejado en los hijos. Sobre todo cuando sabes perfectamente por lo que está pasando y lo que le queda por pasar. Con el doble de edad que Ana tiene ahora, fui al cole por primera vez. En la primera semana me escapé dos veces. Mientras estábamos en la fila que hacíamos a la entrada, me descolgaba y empezaba a correr con todas mis fuerzas hasta que llegaba a casa. Mi primer año fue una tortura inexplicable. Pero lo que más me aterraba eran las fiestas. Por Navidades me escapé otra vez, entre la música de los altavoces y las guirnaldas. Ni los más veloces de la clase lograban pillarme. Atravesaba las carreteras (!Dios mío, las carreteras, afortunadamente pasaban entonces pocos coches!), y llamaba a casa. Mi madre ya había reconocido mis pasos en la escalera. Qué reconfortante, qué placidez y qué inmensa tristeza y soledad sentía!. Algo así he visto hoy en esta pequeña, tímida y temblorosa criatura.

Pero tiene su lado bueno. Sabes que cambiará por fuerza, como cambié yo, al menos por fuera, al menos disimulas y aprendes a disfrutar de los momentos de sociedad. Y como padre, te sientes halagado y privilegiado, porque eres de los pocos que ves a Ana de verdad. En la intimidad del hogar, eres de los pocos que recibes la bendición de su tremenda risa, de su carcajada incontenible y contagiosa. Eres de los elegidos que conoce el tono suave de su vocecita, y de sus pequeñas frases. Solo a ti se te ofrecen esos exquisitos bombones, solo a ti te regala sus tesoros. Sientes recaer sobre ti, cuando al fin te localiza con la mirada, su amor desesperado, y todo en su cuadrado mundo recobra entonces el sentido. Es una responsabilidad muy grande ser Dios y razón de su existencia. Es un trabajo duro y exigente, que no admite treguas ni paradas.


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P.D. Me voy de vacaciones, compañeros. Dejo para la vuelta la continuación del post anterior. Un beso a todos

viernes, 11 de junio de 2010

Los vagos, los mentirosos y los egoistas (I)

Recomiendo arduamente la lectura de libros de ciencia. No pseudociencia, ni de conspiraciones mundiales, solo ciencia divulgativa, pero asentada, adecuada al nivel que cada uno tenga. Del tema que os parezca: física, matemáticas, meteorología, biología. Es una lectura absorbente, que exige concentración, pero que como contrapartida ofrece el sosiego de las ciencias exactas, la distancia relativizadora que te aporta sobre los problemas cotidiano-mundiales, y, en algunas ocasiones, un punto de vista cuasi-filosófico muy productivo.

Decidido a rellenar algunas lagunas en cuanto a genética, compré El gen egoísta, de Richard Dawkins, sin saber que estaba comprando un libro fundamental y muy polémico en cuanto a biología evolutiva, un clásico cuyo punto de vista novedoso sobre los mecanismos de la selección natural significó un cambio de paradigma en el modo de entender la evolución darwiniana. Me he quedado con mis lagunas en genética, pero me lo he pasado en grande.

De las muchas ideas fundamentales de este libro, la primera es que, para Dawkins, la unidad básica de la evolución no es la especie (un individuo no hace algo por que sea bueno para la especie), ni el grupo (un individuo no hace algo por que sea bueno para la especie), sino el propio individuo (un individuo hace algo por que es bueno para él). Evidentemente, todo se hace de forma no consciente. Si el individuo tiene rasgos que le son favorables, tendrá éxito en la reproducción y prosperará. Pero un individuo tiene rasgos o comportamentos en base a lo que hay codificado en sus genes, que son la verdadera unidad básica sobre la que actúa la selección natural. En un principio, todo eran genes sueltos (moléculas de ADN, para ser más exactos), pero poco a poco, llegaron a cooperar y agruparse con tal que, egoistamente, tal cooperación fuera buena para ellos. Así construyeron las sofisticadas máquinas de superivencia que somos vosotros y yo. Dawkins llega a decir que el concepto de individuo puede ser una convención, ya que vosotros y yo somos una comunidad de organismos más o menos desarrollados, que actúan tan conjuntamente que ya es imposible diferenciarlos.

(Continuará)

viernes, 21 de mayo de 2010

La vieja estación

Otro viejo recuerdo que ha saltado como un resorte. Debe ser que me voy volviendo viejísimo cuando los recuerdos son como chiquillos desordenados.

Debía de tener 13 o 14 años. No recuerdo a dónde era la excursión, pero debíamos ir a Atocha a coger un tren. Y los jóvenes intrépidos, para hacer tiempo, se colaron en la antigua estación, que estaba desmantelada, en obras. Estaba todo diáfano, lleno de vigas de madera, polvo, pero aún quedaban los andenes. Y aún quedaban los sonidos y el eco. Y como era ya un poeta incipiente, o un romántico fetichista, o yo qué sé, el caso es que esos ecos ya se me presentaban en la imaginación, y así se me han quedado en la memoria, como el rastro de todas las despedidas que allí habían ocurrido. Las apresuradas conversaciones, los últimos intercambios, todo seguía allí, entre las resonancias de esos techos de cristal grisáceo.

También existía ya por aquel entonces el incipiente desinteresado absoluto de la fotografía, por lo que no guardo recuerdo gráfico de aquel momento que no muchos de mi generación habrán disfrutado. Los últimos momentos de aquella estación, que olían todavía a guerra, a emigración, o a reencuentro o a Dios sabe qué más. Solo me quedan imágenes falsas en la memoria de ese extraño momento.

Hoy hay un bosque tropical allá dentro. Las veces que he estado allí después, ya no he podido oir las voces de los que allí fueron y se despidieron. Será que ya han desaparecido, o que ya no soy capaz de oirlas.

La risa

Me gusta cuando te ríes de que me ría con tus cosas;
me gusta cuando te ríes de que me ría de mis propias cosas;
me gusta cuando cuando me río recordando por qué te ríes.

jueves, 29 de abril de 2010

Sobre el matrimonio

Yo no me casé por amor. Me casé por no pensar. Me casé para ahorrarme el calcular si el paso burocrático más nimio hubiera sido más sencillo de haber estado casado. La que es hoy mi mujer tuvo que ir al registro civil unos días después de dar a luz, y con un tiempo de mil demonios, porque yo no era su marido y no podía ir en representación de los dos. El Defensor del Pueblo me explicó que eso se hacía por seguridad jurídica. Es decir, yo no era un sujeto de fiar si aparecía un día por allí y decía: este hijo es mío, y esta señora de la foto es su madre. Con un documento oficial expedido por un fedatario público en el que asegura que somos una pareja estable con propósito de familia, esa horrible sospecha hubiera desaparecido. Le escribí al buen Defensor que no veía la diferencia.

Ya varios años de casado, mi opinión ha variado ligeramente. Ser soltero a ojos del Estado me ha valido algún disgusto, pero también alguna ventaja. Estar casado y con dos hijos me ofrece una comodidad sobre todo de pensamiento, como ya he dicho. Pero a la conclusión a la que he llegado es que el matrimonio es necesario. La Administración, que recauda y reparte lo recaudado, necesita instrumentos que parcelen adecuadamente a sus administrados, para poder hacer su labor de un modo idealmente más equitativo. Si reparte ayudas, concesiones, asigna recursos, se necesita saber las unidades mínimas en que se divide la sociedad, calcular con exactitud lo que ganan, es decir, lo que reciben de la sociedad, y lo que, por tanto, la sociedad les debe. Es un instrumento teóricamente útil, defendible desde este punto de vista.

Pero bajo este punto de vista, para mí el único válido de defensa de esta institución a nivel de vida civil, el Estado necesita saber cualquier asociación de personas, cualquier unidad económica, sustantivada en una unidad de residencia, y un propósito de compartición de recursos. Esto es, el matrimonio no es la unión de un hombre y una mujer. Es la unión de cualesquiera personas que deciden ser lo que los teóricos de la macroeconomía llaman unidad productiva, y que es la base del ciclo del dinero: los que lo gastan, y los que lo reciben, en un circuito que pasa por las empresas que invierten y el Estado que redistribuye con ideales de equidad y justicia. El amor, como podéis suponer, no tiene nada que ver con esto.

jueves, 8 de abril de 2010

Este maldito invento del demonio

Qué extraño que ahora me haya acordado. Quizá lo que brevemente me atrajo de ella, en una época en la que estaba yo desubicado constantemente (a ver, debía ser por 1989 o 1990), era su aire desdibujado o igualmente fuera de sitio. Un día, mientras jugábamos al fútbol los colegas, mi amiguete Rubén la vió pasar y dijo, "Mira, una mujer de 15 años". La verdad es que vestía con ropas poco juveniles, como si la hubiera robado la ropa a su madre.

Tenía una mirada muy dulce, y unos ojos casi grises de expresión soñadora. Hablaba poco y bajito, tenía la piel muy clara y pecas, estaba bastante descolocada en aquella batalla de hormonas que debía ser una clase de quinceañeros. Era una niña asustada, con apariencia de mujer. Llevaba el pelo largo, recogido como si fuera una señora de un anuncio de los años 60. Mis recuerdos me la rodean con un aura difuminada como si saliera de alguna vieja película. Yo no estaba lo que se dice colado por ella, pero hubo un momento en que me gustaba, porque yo me imaginaba que teníamos afinidades en común. Yo estaba en proceso de reconversión o algo así, y nos imaginaba a ambos perdidos buscando nuestro rumbo. ¡Qué cobarde y qué poca sangre tenía yo por entonces! El curso acabó y nunca más volví a saber de ella.

Y hoy me mira desde el Facebook, con una ancha sonrisa algo bobalicona, lo que la obliga casi a cerrar los ojos que casi no se le ven. Su aspecto es bastante juvenil, por contrario, tiene el pelo más largo, algo más salvaje, lo que la favorece. No se informa nada del resto de su vida. Pero está su cara poco cambiada, que me llama desde una cueva de 20 años en el tiempo, a aquella época primaveral de caos y frustración y energía y misterio. Por un momento el ratón se pasea por la opción de "enviar un mensaje", y luego pienso que qué leche hago yo pensándolo siquiera y cierro este invento del demonio.