lunes, 8 de marzo de 2010

Escribir por escribir

Hay que veces que uno siente la necesidad de escribir, aunque no tengas nada que contar. No sé por qué, hoy ha sido un día normal, alegre si me apuráis, movidito, tres reuniones, una despedida a una colega que se casa, una tarde normal, con mucho frío, que ya cansa tanto frío. Y llevo todo el día escribiendo en este blog, mentalmente, sobre todo un poco. Lo que sea.

Al ir a tirar la basura, veo a un tipo con traje y corbata que llega a su casa, con cara y pasos cansados. Son las 10 menos veinte de la noche. ¿Tendrá familia? Eso es lo primero que pienso. Algo estamos haciendo mal si este tío llega a esta hora a su casa, y su mujer y quizá sus hijos no le han visto en toda la tarde. Tenía que contarlo.

Sientes ganas a veces de escribir sin objeto y sin rumbo, a ver a dónde llegas. Es un crimen sin premeditación, es terapia peligrosa. Una vez, hace ya un número algo vertiginoso de años, descubrí que estaba colado de la manera más absurda por una chica, porque estaba estudiando en la biblioteca y me puse a escribir un texto semi-absurdo, absurdo para cualquiera que lo leyera, pero claro y transparente para mí: estaba furioso, confundido y enamorado. Vaya chasco. Me gustó aquello que escribí, no estaba mal. La chica se fue, y la olvidé rapidísimamente. Quizá fue por la terapia.

Escribir es reposar. Es dejar que espese esa salsa que te ha quedado líquida. Es ordenar la casa, es rebuscar debajo de todo. Es encontrar esa foto que perdiste. Con tanto blog y tanto Facebook he perdido el hábito de escribir y no publicar, de escribir sin pensar en el que lee, de escribir para nadie, sin mentiras, sin máscaras, a pelo.

Escribir sin objetivo ni premeditación es un simulacro de suicidio, un puenting emocional, un vuelo no tripulado. Es cabalgar sin riendas, la montaña rusa. Decid eso que no os atrevéis, eso que se os atraganta, eso que teneis miedo de reconocer que pensáis a veces, ese octavo pasajero al que hacéis que no veis. Ponedlo por escrito y destruidlo, no sea que alguien lo encuentre. No sea que lo leáis más tarde, cuando hayais recobrado el sentido y la compostura.

viernes, 26 de febrero de 2010

HeLa

En 1951 una joven negra de nombre Henrietta Lacks ingresó en el prestigioso John Hopkins Hospital en Baltimore, USA, donde se le diagnosticó un cáncer cervical. Durante el tratamiento, los cirujanos extrajeron una muestra del tejido canceroso, que mandaron analizar, todo ello sin el permiso de la paciente. La joven murió pocos meses después, pero la muestra sobrevivió... hasta nuestros días. Fue el primer tejido humano cultivado en laboratorio, donde ha dado muestras de una vitalidad sorprendente. Las células de esta línea celular, conocida como HeLa, han sido, entre otras "hazañas", enviadas al espacio, infectadas con tuberculosis, bañadas en radiación. Han ayudado a desarrollar la vacuna de la polio y medicamentos contra el Parkinson o el SIDA, por nombrar algunos ejemplos.

Los descendientes y familiares de Henrietta Lacks eran tan pobres que nunca se enteraron ni por supuesto se beneficiaron de todos estos avances, y probablemente cuando enfermaron en el país de las oportunidades, no pudieron asistir a ninguno de los prestigiosos hospitales que jugaban con las células de HeLa. No voy a hacer demagogia sobre la falta de ética de las empresas de la salud, o arremeter contra el sistema estadounidenses: el ansia de obtener mejores productos que el vecino ha dado como resultado el increíble avance de las ciencias médicas en el último siglo, pero no se puede pasar por alto historias de tan bajo calado moral como ésta, o como la de aquella farmaceútica que intentó patentar el código genético de toda una población inmune a no se qué enfermedad.

La historia tiene el lado bonito: el cuerpo inmortal de una olvidada mujer negra que se resiste a morir, y que sigue dando frutos después de tantos años; o la ironía inconcebible de que el implacable agente auto-destructor que segó su joven vida, sea más valioso para el futuro y para el resto de nosotros, que aquella desconocida e involuntaria mártir de la humanidad.

martes, 16 de febrero de 2010

La hora de las despedidas

En el trabajo, a la amistad no elegida de tus compañeros se añade otro elemento, que son los cambios, todos buscando nuevos horizontes, otros aires, progresos, más dinero. Aquí donde yo estoy, se está convirtiendo en una mala costumbre despedir gente constantemente. Un par de ellas me han dolido especialmente, porque el roce diario hace costumbre, y la costumbre hace afecto. Si estas despedidas han sido especialmente emocionantes, no quiero pensar lo difíciles que serán las jubilaciones, que tienen más de definitivo, de cierre y abandono de una forma de vida.

Con mi amigo José Luis he tenido algunas de las más interesantes conversaciones desde que estoy aquí, y echo menos sus buenos modos de conversador sabio, que sabe echar el freno, acelerar o derrapar cuando conviene. Me han quedado muchos temas en el tintero, apenas hemos hablado de libros, no he logrado convercerle de la utilidad del título uniforme, y de que en esto de las películas y la música, el todo gratis no puede ser. Un tipo cálido, cercano, un buen mozo que me ha enseñado el arte de las camisas.

Con Silvia, a la que despedimos multitudinariamente ayer, y que por lo tanto me pilla más en caliente, he observado hoy, el primer día después, algo inaudito. No podíamos sospechar el socavón que ha dejado, andábamos hoy con el apesadumbramiento del que no sabe por dónde se va a continuación. Y es que nos ha regalado a los que nos preciamos de ser sus amigos cinco años de un cariño discreto e invisible, que nos hace ahora tambalearnos, como si nos faltara una muleta.

A ellos dos, gracias por todo. Aquí estamos, esperando nuevas despedidas.

sábado, 6 de febrero de 2010

Otro poemilla

A ver si os gusta:

Si no os hubiera mirado,
no penara,
pero tampoco os mirara.

Veros harto mal ha sido;
mas no veros peor fuera;
no quedara tan perdido,
pero mucho más perdiera.
¿Qué viera aquél que no os viera?
¿Cuál quedara,
señora, si no os mirara?


Delicioso, ¿no os parece? El pobre tiene un amor desafortunado que le tortura, que no conduce a nada. Pero concluye a su pesar que mucho peor hubiera sido no haber sentido nunca ese dolor. Es de Boscán, tiene unos 400 años.

lunes, 1 de febrero de 2010

100 entradas de La hora de Richi

¿Quién lo iba a decir hace ya dos añitos y pico, cuando aún no existía (creo) Facebook o Twitter, y unas cuantas compañeras empezaron a escribir sus ocurrencias en la Web, para que todo el mundo las viera? Así empecé, casi sin querer. Poco, muy poco, pero siempre he estado escribiendo. En mi tierna juventud, poesías (hoy perdidas, lamentablemente), mucho antes, comics (también perdidos, ya lo conté por aquí). También escribí algún cuento (sí, también perdidos, algunos), y ahora al fin encontré mi sitio en "la nube".

El blog ha podido dar salida a un reprimido deseo, algo autocomplaciente, de sobre-exposición, de dar a conocer un supuesto lado oculto, que las convenciones y el ritmo de la vida diaria no dejan salir. Aún no sé cuánto hay de cierto en esto, pero lo cierto es que me gusta contar estos pequeños brochazos de lo que hay detrás de lo cotidiano. No creo haber escrito nada que sea especialmente novedoso o arriesgado, pero sí agradezco el poder tomarme el tiempo que se necesita para contar algún detalle o reflexión, tiempo que, ahora sí, no se tiene en una conversación normal.

Hay muchos otros posts nunca he escrito, por pereza o indecisión, que siguen por ahí; a veces están días revoloteando y nunca salen a la luz, y en cambio escribo otros llevados por un instinto momentáneo.

En fin, seguiré escribiendo, si no os molesta. Pero quiero agradecer eso sí la paciencia y la dedicación de mis pocos y cariñosos lectores. A Marina y a Maite, por sus puntuales comentarios (da mucho calor que te escriban), y también a Blanca (la fundadora, ¿o fue Marina?), a Silvia, a José Luis, Alejandra que también me han dejado notitas adorables; y también a Lola, que nunca ha escrito, pero sé que me lee y me estima; a Mónica y a Rafa, lectores recientes y callados, por ahora. Y a Amalia, que me tiene en su barrita de vínculos, siempre presente. Y a los que quizá me lean y no conozco. Y a los que vengan, bienvenidos.

miércoles, 13 de enero de 2010

Propósitos para el 2010

No soy muy dado a estas cosas de los propósitos de año nuevo, porque no me los creo y porque no percibo la diferencia entre un día de un año y el siguiente que ya es de otro, pero he aquí unos cuantos propósitos personales que he pensado:
- Dejar de poner tantas chorradas en el Facebook, y leer todos los interesantes enlaces de X. Agenjo.
- Abandonar mis prejuicios hacia los dependientes del Corte Inglés; dejar de pensar que se lo tienen creído, que tienen complejo de superioridad, y que me miran por encima del hombro. No puede ser cierto, al menos siempre.
- Aprender a pronunciar al fin las palabras fauteuil, feuille y vieille.
- Superar esa extraña pereza que me inunda en ocasiones a cualquier hora del día.
- Manejar la lavadora, y mira que la hemos comprado fácil. Dejar de preguntarle a Amalia cien veces cuánto detergente debo poner, y qué es ese botoncito con una plancha.
- Hacer albóndigas sin que me acusen de fabricar armas antidisturbios. La última vez me las pidieron desde el Gobierno de Irán para no sé qué de unos manifestantes.
- Aprender a darla de cabeza sin tener 3 días dolor de ídem, poder disputar un balón aéreo sin hacer falta al contrario. Estrenar al fin mi raqueta de pádel, que ya tiene 7 años.
- Según Amalia, apreciar más mi propio trabajo, no subestimarlo. Me pondré a ello.
- Aprender a regalar pendientes.
- Decidir por fin si soy un optimista incurable o un pesimista apocalíptico.
- Dejar de hablar solo. Sé que es un objetivo inalcanzable.

A medida que se me ocurran más los iré poniendo. Permanezcan en sintonía.

viernes, 8 de enero de 2010

Gene Kelly


En un disco de Tom y Jerry que hemos sacado (otra vez) de la biblioteca, viene un extra de la película Levando anclas, en la que aparece Gene Kelly bailando junto con Jerry en un fantástico país de dibujos animados. Todo eso me ha recordado a mi cinéfila adolescencia, en la que vi numerosos musicales de este atleta bailarín, limitado actor, pero de una presencia única y vitalista que llenaba la pantalla. Lo he echado de menos, la verdad.

Gene Kelly representaba la alegría de vivir, el optimismo, la energía, la ruptura, cierta anarquía, el placer de ponerse a bailar en plena calle, en la cubierta de un barco, en el salón, bajo una densa lluvia, en un granero, donde fuera, con tal de expresar el gusto por ser joven, por sentirse vivo, por amar y ser amado, mediante el simple (¿simple?) acto de bailar y cantar, en un delirante absurdo, en una abstracción memorable, en medio de una plaza, con una música que sale de quién sabe dónde, con paseantes que mágicamente se saben al dedillo la coreografía. ¿Y por qué no? La vida debería ser así, la música debería estar presente en todas partes, la pirueta tendría que ser practicada por todo bicho viviente.

En colaboración con el exquisito Vincente Minelli o con Stanley Donen, creó algunos de los momentos más inolvidables de la historia del cine, en fantasías coloristas como El pirata, romances hechizados como la fascinante Brigadoon, o risueñas evocaciones como Summer Stock. Y por supuesto con Cantando bajo la lluvia, donde llueve como nunca ha llovido en ninguna parte. Mucho mejor estas ligeras delicias que cuando quiso ponerse más serio y "profesional", en películas que me gustan mucho menos como Invitación a la danza o la mismísima Un americano en París.

En fin, me he dado cuenta de que hace mucho, pero mucho tiempo que no veo un musical clásico, y en un día como el de hoy, que un suceso tonto y trivial me ha dejado un poco tocado, no me vendría mal un chute de alegría porque sí, con un par de bailes con Gene.